Donnerstag, 1. April 2010

Mis padres.

Hablar de mis padres es referirse a una pareja que nunca se dejó amedrentar por las adversidades que la vida les puso en frente. Pienso que algo importante los ha guiado a mantenerse juntos, puesto que han debido enfrentarse, cada cual según sus convicciones y creencias, a más de un megaproblema. He sido testigo de muchos de sus logros y fracasos en ámbitos variados, así como de la prueba durísima que lograron llevar a buen puerto, motivados por el amor que como compañeros de ruta han priorizado.

Durante mucho tiempo tuve la sensación que nuestros caminos eran muy dispares, que nuestras inquietudes no se parecían en nada y que la visión de muchas cosas de esta existencia era radicalmente opuesta. Sin embargo, y a medida que he ido alcanzando la madurez como hombre, compañero y padre, he caído en la cuenta que en muchas cosas han tenido razón. Posiblemente no en todo, porque como individuos también marcamos nuestras diferencias, pero en lo medular, en aquello que es básico dentro del desarrollo de una persona, tenemos puntos comunes que nos han permitido construir un gran puente donde sus experiencias y las mías se han podido dar la mano.

Siento que el amor que mis padres se dispensan, uno hacia el otro, es un milagro de la vida, algo que no se compra en una farmacia ni tampoco se encuentra en ninguna página de internet. No es algo que podamos adquirir con una tarjeta de crédito ni menos pagarlo en cómodas cuotas. Para entender este milagro debemos conocer el significado de las palabras constancia, paciencia, ternura, tolerancia y fe, entre otras muchas, porque han sido ellas las que han conformado el gran estandarte que mis progenitores han portado como principio básico de su convivencia, en los roles de esposos y amigos.

Cuando mis padres me vinieron a visitar a Alemania y mientras bajaban del tren, cargando sus maletas, en la estación central de la ciudad de Bonn, me di un minuto para observarlos silenciosamente, con una emoción que no quise ni pude disimular; me di cuenta, entonces, que ellos no seguían siendo aquellos padres jóvenes que he visto incontables veces en las fotografías de mi infancia; en sus movimientos y gestos de ese minuto en la estación, vi las huellas que el tiempo, inexorablemente, ha ido dejando, pero también tuve la alegría de poder percibir que el amor marcó en sus corazones otras huellas imborrables.

Keine Kommentare:

Kommentar veröffentlichen