Donnerstag, 18. März 2010

Quién te quiere, te conoce.

Nací un 14 de agosto de 1963 en Santiago de Chile. El hospital que cobijó mis primeros signos de vida, ya no existe; lo demolieron por viejo. En su lugar se alza un hotel cinco estrellas. Mi padre no quiso que me pusieran algún nombre suyo, pero mi madre fue persistente y al final me bautizaron con el nombre de Alex Adrián, el segundo en homenaje o desgracia de mi padre. Durante mi infancia hice las averiguaciones para cambiarme ambos nombres, puesto que lo único que deseaba era llamarme Roberto o en el peor de los casos Ricardo, me imagino que fue por la influencia de las teleseries mexicanas, en las que el galán era Ricardo Blume (que por lo general hacía sufrir a Angélica María). Las primeras letras y números los aprendí en el Chester College, un colegio del barrio. Recuerdo que cuando fui a una entrevista personal con la directora y mi madre, me preguntaron que qué haría en el caso de que otro chico me diera una cachetada; muy ligero de cuerpo respondí que se la devolvía con intereses. Mi madre se espantó, pero creo que a la directora le causó gracia, pues aceptaron mi ingreso.

Luego de tres meses me di cuenta que no duraría mucho bajo una disciplina cuasi militar, por lo que le dije a mis padres que no quería seguir ahí. La respuesta de mi madre no se hizo esperar, "te quedas donde estás y punto". Un mes más tarde, le confesé a un amigo que no aguantaba más. "Yo tampoco", se desahogó. A lo anterior se agregó la irresponsabilidad de nuestra empleada, que por darse de besitos con el hijo del vecino, se olvidó en repetidas ocasiones de ir a buscarme al colegio, provocándome un trauma de proporciones, porque la espera era en la oficina de la directora. Creo que fue entonces que descubrí que ella y el profesor de música eran algo más que colegas.

Fue transcurriendo el tiempo y, por un milagro, que aún no entiendo, mis progenitores captaron lo que yo les había tratado de transmitir mucho tiempo antes. Entonces me llevaron al San Ignacio de Alonso Ovalle y ahí me quedé hasta el fin de la secundaria. En ese colegio jesuita aprendí lo importante que es la solidaridad, "entrar para aprender y salir para servir", me inculcaron. En el quinto básico conocí a quién me guiaría en el amor por la pedagogía: Miguel Urrea. Este personaje no sólo fue un hombre que nos entregó conocimientos teóricos, sino que nos dio las armas para llegar a ser personalidades. Mi amor por las matemáticas me llevaron a ser profesor de Educación Básica con especialización en castellano. Tuve a buenos y malos profesores. Entre los primeros mi gran amigo José Luis Samaniego, secretario de la Real Academia de la Lengua Chilena, a quien guardo una tremenda gratitud. Trabajé en un colegio del Opus Dei, el Cordillera, y de ahí me vine a Alemania.

Me gusta:
- el sol.
- el pelo corto.
- observar a la gente.
- el vino chileno (especialmente el tinto)
- el salmón con espaguetis (agregar langostinos y una salsa con crema, no es mala idea)
- la ensalada griega.
- correr bajo la lluvia.
- sentarme con mi amigo Martin a orillas del Rhin y beber una cerveza.
(o deambular por las calles de Bonn, buscando un restauran express)
- la gente sincera, los que hablan directamente, sin tapujos y con respeto.
- pasar mis vacaciones en Cala D´Or, Mallorca, y escribir ahí mis reflexiones mientras escucho a Moby.
- ver los clásicos del cine.
- dormir desnudo.
- andar en bicicleta por un camino directo, como un viaje hacia el infinito.
- el amor correspondido.
- la música Chillout.
- viajar a Chile, mi país de origen.
- pensar, analizar, elegir y actuar.
- escribir y leer.
- comunicarme.
-la crítica constructiva.
- vivir apasionadamente.

no me gusta:
- lo contrario a lo que escribí anteriormente.
- el tiempo que se pierde sin mediar en las consecuencias.
- que se le hable a un muerto, lo que no se le dijo en vida.

entre otras muchas cosas...

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