Llego a Mallorca en pleno verano y como de costumbre he buscado un studio con lo necesario para dormir, preparar mi café y mi bocadillo sin tener que rendirle cuentas a nadie. A menudo salgo temprano a realizar mis excursiones y vuelvo justo para presenciar ese ocaso irresistible que me permite llevar a cabo mi tarea diaria, esto es, volcar mi atención en la problemática que requiere de un orden, muy a pesar de mis temores.
Cuando va cayendo el sol entremedio de las breves olas mediterráneas, siento que algo de mí se termina, se va irremediablemente y entonces sé que no es una casualidad que yo esté ahí, tampoco se trata de un impulso malvenido; es la voz de la vida que me habla de lo vital que es renovarse. El final de una etapa se precipita con cada movimiento del mar, con cada destello de luz que se va perdiendo en la inmensidad del océano.
Es una tarde como otras que he vivido, lo sé y por eso me gusta, aunque no todo sea igual, porque las olas que se meneaban ayer, hoy no son las mismas ni lo son las parejas de enamorados que se besan en la otra orilla, bajo un árbol que apenas se sostiene sobre una gran roca. En ocasiones los cuerpos se repiten, las caras y determinados gestos, pero nada es igual ni semejante, porque hasta los besos pueden haber cambiado. Y entonces me pregunto que cuánto he cambiado yo, cuánto de lo de ayer sigo siendo y cuánta renovación vivo en este día. A veces sucede que un email o una tarjeta te cambia la apariencia o, peor aún, los sentimientos y recuerdas que hasta hace poco te reías de los que contaban penas de amor, porque no eran las tuyas y seguías bebiendo de tu tiempo sin examinar las señales que venían para contarte sobre tu próximo destino.
Me quedé otro par de horas ahondando en las prioridades anteriores a ese email (que han estado constantemente relacionadas con mi inmadurez emocional) y no pude creer que después de tantos años, ella retomaría el contacto para decirme que su partida abrupta había tenido una razón, que no había sido para darme ninguna lección (aunque me la mereciera) ni menos para demostrarme que era capaz de estar sin mí (en realidad, sola). „Me fui sin avisarte, porque el haber entrado al departamento me habría condenado a permanecer atendiendo al dictado de mi corazón y no al de mi conciencia. Tuve la urgencia de creer en una existencia distinta.“
Resulta doloroso, pero muy útil aceptar que lo que dice la otra parte de la historia es verdad y digo doloroso, porque en sus palabras llenas de temores y resentimientos vas encontrando en ti a un ser que desconoces (que talvez nunca desearías conocer, pero que vive ahí contigo cada día). Me pregunté, entonces, cómo podría yo ir nutriéndome de experiencias que me permitieran lograr una existencia realista, en la que pudieran congeniar el ayer y el hoy como una historia que se tiene que ir aceptando como lo haces cada vez que piensas que algún día te vas a morir y que contra eso no hay remedio posible?. La respuesta llegó durante una conversación con una amiga. „Es el momento de entablar una afectiva (como también efectiva) introspección. Trátate con cariño, pero no pierdas la pista de lo que quieres y necesitas alcanzar“. Ambos sabíamos muy bien en qué dirección iban sus palabras.
Me alegra tener esta soledad que en apariencia me duele, pero que en lo más profundo de mi propia existencia ha dado paso a que yo haya tenido que redefinir mis prioridades afectivas. No sé cuánto irá a durar este proceso, pero me tranquiliza saber que, cada vez que venga en verano a este rincón de la isla, el sol caerá llevándose mis pecados
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