Hay sueños que recordamos, nítidamente, al despertar; nos sobresaltan cuando todavía no hemos probado el café de la mañana y nos dejan inquietos hasta después de la ducha. Nos podemos vestir, incluso, con ellos acuestas, sin divorciarnos siquiera un minuto.
Un color, formas, imágenes blancas y negras, de dulce y grasa, palabras que retumban como un eco metálico o la simple percepción que un pariente lejano o un ser desconocido se quieren aferrar a ti para contarte algo, para expresar una penumbra o alegoría que puede carecer de todo sentido. En ocasiones has visto el rostro de los hombres sonriendo y de Dios llorando.
Intentamos abrirnos paso entre nuestras debilidades y maldiciones en el día a día que se abre ante nuestros ojos; sentimos un fuerte dolor en el pecho y, de vez en cuando, en nuestras conciencias, porque hay sueños que se esconden de nuestros sentidos, sueños que parecieran guardar un gran secreto y que lo han mostrado tan sólo una vez para prevenirnos de algo o alguien, para llamar la atención sin aceptar preguntas, dejándote inmerso en una angustia casi totalitaria, que te impide avanzar. Te detienes y piensas, tratas de recordar, pero te das cuenta que es en vano, porque la imagen que buscas se ha diluido. Sigues tu camino y vas asimilando esa sensación de que algo te preocupa, como ya asimilaste el reloj y la camisa, cuestiones que parece formaran parte de tu piel, algo soberanamente normal.
Un tema complejo, el de los sueños, con sus enigmas, sus significados, una cultura propia que nos arrastra, que nos desvela, que nos conduce hacia temores y alegrías, ingredientes comunes que componen la existencia.
Montag, 29. März 2010
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